Cuando hablamos de atención plena, encontramos a menudo la idea de evitar los juicios en la medida de lo posible. Se trata de observar pensamientos, sentimientos y percepciones sin clasificarlos inmediatamente como buenos o malos, agradables o desagradables. Pero esto puede llevar pronto a un malentendido: de repente, no juzgar se convierte en una tarea que queremos cumplir. Quizá estás sentado meditando y notas: «Hoy estoy mucho más inquieto que ayer». Poco después llega el siguiente pensamiento: «Ya he vuelto a juzgar. Lo estoy haciendo mal». Esto crea una contradicción: nos juzgamos por haber juzgado algo. Sin embargo, la atención plena trata de la conciencia. Está perfectamente bien notar que ayer fue mejor y notar que has emitido un juicio. Se trata de estar abierto a lo que hay. Mediante la atención plena podemos aprender a percibir y aceptar nuestras experiencias de forma más consciente.
Nuestras mentes juzgan constantemente. En principio, eso no es un error ni una señal de insuficiente atención plena. Los juicios nos ayudan a orientarnos en la vida cotidiana y tomar decisiones. Decidimos si disfrutamos una comida, qué ropa nos apetece hoy o si preferimos pasar una noche tranquila o salir a hacer algo. Un sonido puede parecernos agradable y otro molestarnos.
¡La atención plena no nos pide apagar esta parte del pensamiento! Lo importante es notar que está ocurriendo un juicio.
A veces, sin embargo, los juicios nos llevan a perder el contacto con el momento presente y cerrarnos a él. Entonces la atención plena, que requiere una actitud abierta hacia lo que ocurre, se vuelve imposible.
En resumen: se trata de aportar más conciencia a este proceso, lo que a su vez crea mayor apertura y aceptación.